El arte de manejar la máscara

Entrevista al actor de teatro Pep Planas, por IRENE BENEDICTO

La primera vez que Pep Planas entró en combate corría el s.XVII. Cyrano de Bergerac era sin duda una buena primera obra por la que subirse a un escenario. Pep no encarnaba al poeta narigudo ni a su apuesto cómplice, pero de ambos aprendió que, al igual que en la conquista de la dama, para enamorar al público tenía que remover algo en su interior.

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— Lo más importante es que el teatro conmueva − no vacila.

Con traje de esgrima que otrora fue blanco, en mitad del parque de la Estación del Norte, Pep Planas parece haber caído de alguna otra parte. O de alguna otra época. El entrenamiento acaba de terminar. Pasea sin prisa mientras deja que sus pulmones se ensanchen para recobrar el aliento, y que sus pupilas se encojan bajo la luz del exterior.

— Mira, un sablazo— me muestra la marca en el antebrazo, como quien enseña una peca.

En garde, etes-vous pret…Allez!

La guardia perfecta. Esa ha sido una de las mayores obsesiones de los manuales de esgrima de todos los tiempos. Cada tratado de cada escuela da una fórmula precisa: pies en un ángulo de noventa grados, piernas flexionadas, cuerpo perfilado, brazo de atrás recogido y perpendicular al suelo, mano hábil delante. Pero en combate, no importa lo perfecta que fuera tu posición inicial, el que vence es el que, al final, consigue el tocado.

En el comienzo de esta historia, nuestro joven Pep Planas está en la consulta de un psiquiatra. Es un desencantado estudiante haciendo las prácticas de Medicina. De repente, se da cuenta de que no es eso lo que quiere.

No tenía idea en absoluto de qué haría en la vida. — Decidió presentarse a las pruebas de ingreso para Bellas Artes. Estaba a punto de entrar cuando, una noche, fue a cenar a casa de un amigo para contarle la buena noticia. — Me dijo “¿¿Queeeeeeeeé?? ¿Pero tú estás loco? ¿Crees que te ganarás la vida de pintor?— Pep no sabía qué decir — ¡Antes haz de actor, hombre!” ¡Yo ni siquiera sabía que se podía estudiar para eso!— recrea la cara que puso— era un pardillo total… — ríe. Lo cierto es que hacía teatro amateur, pero jamás se le había pasado por la cabeza dedicarse profesionalmente.

Aquél mismo año, fue admitido en el Institut del Teatre y empezó a trabajar con la recién creada Compañía de Flotats. Fue entrar por la puerta grande.

Sentado de medio lado, la chaquetilla de esgrima abierta, queda a la vista la camiseta que lleva debajo. Se lee “No a la guerra”, rojo sobre negro. Pierna derecha recogida, brazo derecho apoyado sobre el respaldo, juega con un bolígrafo de origen desconocido. De los dos, quien debería tomar notas soy yo. La mano zurda, aún enfundada en el guante, la mantiene libre. Parece envidiablemente cómodo en el banco de madera.

— Nunca he terminado ningún ciclo. —Se marchó del Institut del Teatre a mitad de segundo curso. Trabajaba con Flotats, y priorizó la experiencia profesional. — A la hora de tomar una decisión nunca sabes si es la buena… otra decisión me hubiera llevado a otra parte. No sé hacia dónde me habría llevado una formación más académica, quizá otro tipo de espectáculo, otro oficio del mundo del teatro…Hubiera sido otro viaje distinto, pero este ¡está siendo la bomba!

Abrir distancia para atacar

En esgrima existen tres defensas: distancia, punta y hierro. La más sencilla es la primera: consiste en largarse. Ante una situación de peligro, el ataque del rival, o si se acerca demasiado, simplemente te vas.

Despertar de primavera, de Broadway a Barcelona. La adaptación del musical está siendo todo un éxito, y la compañía de Flotats ya ultima las preparaciones del siguiente espectáculo. Reuniones con escenógrafos y figurinistas venidos expresamente del extranjero, pica-pica de celebración por el comienzo de la nueva obra…

Justo acababa de llegar de París, donde había ido unos días a visitar a un amigo, cuando, por la calle, se topó con un compañero. El Pep Planas del presente, salta a escena y recrea lo que aconteció veinticuatro años atrás. Marzo de 1990:

—¿Ya te han dicho que no empezamos a ensayar la semana que viene…?

—¿¿¿Qué dices ahora???

— Que no, que no, que han tumbado la obra, problemas con los derechos de autor… Pero dicen que pronto lo solucionarán.

Pep regresa a su yo actual:

— …y en el corto trayecto que tenía de mi casa al metro, me dije “Yo me voy a París, yo me voy a París….”. Y lo hice. Me fui por un año, a ver qué pasaba, y me quedé cinco.

Cuando todo fluye

Hay un momento en el combate, en el que todo parece fluir. Pierdes la noción del espacio y el tiempo. En cambio, la distancia con el rival, el momento del ataque, los ves con gran claridad. No hay ruido, no hay otros. Solo tú y él. Tus ojos están abiertos más allá de los párpados; si el rival pestañeara, notarías el aire que ha movido. El cansancio ha desaparecido, no tienes consciencia real de tu propio cuerpo, pero sabes que hará lo que le pidas. Lo percibes todo. No sabes qué va a pasar, y no tratas de adivinarlo. La incertidumbre te hace sentir cómodo.

— ¿Vi taaaanto teatro en aquella época…! — al decirlo parece tan exhausto y pletórico, como si acabara de salir de una ópera de cinco horas.

Si en los felices veinte París era una fiesta, en los noventa era la capital del teatro. Al menos, así lo era a los ojos del actor recién llegado, y recién nacido. Consiguió un pase de profesional extranjero, que le permitía ver tres obras a la semana, por muy poco dinero. Se apuntó a clases de canto en La Comédie, solo por estar allí, en ‘la casa de Moliere’.

— En un país donde no conoces a nadie, sin condicionantes, sin tener que ‘hacer carrera’, ni nada que demostrar… Estaba totalmente receptivo.

Generosidad, seriedad, preparación… los actores franceses desprendían algo que en la España de entonces aún faltaba. Aquello no tenía nada que ver con el mundo de la farándula.

— Ahora te diré tres nombres de personas que conociste bien y me has de decir, en pocas palabras, algo de cada uno de ellos.

— Vale— acepta el juego.

— Jean Reno

— Una bestia de la escena. Potente, directo y entrañable. Era tan charmant… su forma de atender siempre a la gente por la calle... Es una estrella con los pies en el suelo.

— Lluís Pasqual

—  Un tío brillante. Le acababan de dar la dirección del teatro del Odeón, pero antes dirigió Cómo gustéis. Eso me dio la oportunidad de trabajar en La Comédie, primero como asistente de dirección y luego como ‘figurante con frase’. Me abrió muchas puertas.

—  Philippe Gaulier

— Te hacía buscar el payaso que llevabas dentro. Desata y sacude tus estructuras y te pone en otro punto de honestidad frente al trabajo. Es un tipo transgresor, abierto, disponible.

— Ahora ¿Qué te aportó cada uno de ellos?

— Sabía que todo lo que me decían era inspirador. Pero estás allí peleándote, peleándote, peleándote… y es al cabo de los años te das cuenta de que aquello te ha servido.

Estudiaba en el Conservatoire National Supérieur d’Art Dramatique. Se peleaba con su acento francés, obsesionado por eliminar todo rastro que le señalara como foráneo, dispuesto a conseguir que las palabras fluyeran “impecables” para poder aspirar a cualquier papel. Actuaba aquí, colaboraba allá…

— Fue muy iluminador —hace una pausa. Se oye a los pájaros trinar. El momento no puede ser más bohemio y bucólico. — ¡Un baño de experiencias muy chulo!

Estrechar las manos

El código de honor exige a los tiradores que se estrechen la mano al terminar el combate. Se quitan la máscara de hierro que les protegía y se dan las gracias. Es algo natural, para agradecer el esfuerzo del adversario, el entrenador o el árbitro.

Sentados a mi lado, tengo al Pep de los ochenta, los noventa, los dos mil, y el de la última década. Felices por el rencuentro, sonríen. El adolescente pide a los demás que no le juzguen por haber tardado tanto en tomar el camino que ahora parece tan obvio que era el suyo. El bohemio asegura que él no perdió el tiempo, que no ninguno de ellos hubiera sido él mismo si él no se hubiera dedicado a empaparse de París, Londres, Milwaukee… El estudiante aplicado se congratula de haber estudiado en Estados Unidos y Europa, de dominar la acrobacia, la danza, el canto, la equitación…

Y el de la barba entrecana, ese ya se ha cansado de hablar de Secrets de familia, Vent del plà, Jet Lag…esas series por las que los incondicionales de TV3 lo invitaban cada día a sus salas de estar. Ahora, otros proyectos le entusiasman, como Barcelona, que remueve los recuerdos más íntimos de las los niños y niñas de la Guerra Civil, y conmueve a sus nietos, y ya ha llenado la Sala Gran del Teatre Nacional de Catalunya y el Teatre Goya.

— Es una profesión maravillosa. ¡Vives más vidas de las que te tocan! Tu imaginario viaja a sitios que de otra manera no le permitirías….Y encima, te invitan a que expongas lo que has descubierto ante la gente, que viene a verlo y compartirlo contigo. Eso te hace grande, ¡creces…!

Solo es un poco de nostalgia la que entela sus ojos grises. “El arte entero de la esgrima consiste en solo dos cosas: tocar y que no te toquen”, así era en palabras de Moliere. Pep ya no lleva máscara. Touché.

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